La tarde era de esas que parecen hechas para quedarse quieto. El sol se filtraba a través de las cortinas de la cocina, dibujando cuadrados de luz sobre la mesa de madera. Yo estaba de pie frente a la encimera, cortando verduras para la cena, con Matías en su silla golpeando una cuchara contra la bandeja con una alegría que no necesitaba razón. El aroma a cebolla y pimiento se mezclaba con el olor a pan recién horneado que venía de la panadería de la esquina. Una tarde normal. Una tarde perfect