La noticia llegó dos días después del cumpleaños de Don Ernesto.
No fue una llamada. Fue Quiroga, que apareció en la puerta de la cocina a media mañana con el periódico en la mano y una expresión que no necesitaba palabras. Desde que lo conocía, había aprendido a leerlo: cuando Quiroga entraba en una habitación con el periódico doblado bajo el brazo, era porque algo había cambiado.
La cocina olía a café recién hecho y a pan tostado. La mamá de Sebastián estaba en la encimera, cortando fruta, pe