La noche cayó sobre la mansión con una suavidad que parecía hecha a propósito. El cielo estaba despejado, y las estrellas brillaban como pequeñas luciérnagas clavadas en la oscuridad. El jardín, que durante el día había sido testigo de risas y abrazos, ahora estaba en silencio, solo con el viento meciendo las ramas de los jazmines.
Yo estaba en el salón, con Matías dormido en mis brazos y la mirada perdida en la chimenea. Sebastián no estaba a mi lado. Había salido hacía una hora, diciendo que