La mañana después de la boda amaneció con el cielo cubierto de nubes grises, como si el mundo también estuviera guardando silencio. El jardín, que ayer brillaba con flores y velas, hoy parecía más quieto, más íntimo. Los jazmines aún perfumaban el aire, pero su aroma era más suave, como si supieran que el día no era para celebraciones, sino para despedidas.
Bajé las escaleras con Matías en brazos, y encontré a Don Ernesto ya en el salón, en su silla de ruedas, mirando por la ventana con una taz