La mañana empezó con el timbre de la puerta principal. No era un timbre cualquiera. Era ese timbre que siempre anunciaba algo inesperado, algo que no estaba en el plan del día. Pero en esta casa, desde que Sofía había decidido convertirse en la directora de orquesta de los romances ajenos, lo inesperado se había vuelto la norma.
Abrí la puerta y me encontré con Adrián. Estaba de pie en el umbral con una chaqueta negra, el pelo ligeramente despeinado y un ramo de flores en la mano. No eran flore