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CAPÍTULO 4: LA MANSIÓN DE LOS ECOS.

La mansión Del Valle era exactamente lo que había imaginado.

Enorme. Fría. Inabarcable.

El coche atravesó unas puertas de hierro forjado con el escudo familiar grabado en oro y se adentró por un camino bordeado de cipreses perfectamente alineados. Eran árboles que parecían soldados, rígidos, silenciosos, guardianes de un mundo al que yo no pertenecía.

Mis zapatillas gastadas de enfermera pisaron la grava del jardín cuando el chófer me abrió la puerta. Sebastián caminaba delante de mí, sin mirar atrás, con la seguridad de quien recorre el mismo camino todos los días desde que nació.

—¿Siempre caminas tan rápido o es que te da vergüenza ir a mi lado? —solté, sin poder contenerme.

Se detuvo. Giró la cabeza lentamente.

—Siempre camino así. No es personal.

—Ah, claro. Como todo en ti.

No respondió. Pero me pareció ver una sombra de irritación en sus ojos verdes. ¿O era otra cosa? No pude distinguirlo. Sebastián Del Valle era un maestro en el arte de no mostrar nada.

La fachada de la mansión se alzaba ante nosotros como un castillo de piedra y cristal. Columnas blancas. Ventanales inmensos. Una puerta de madera maciza con aldabas doradas que refulgían bajo el sol de la tarde. Todo olía a dinero, a un dinero antiguo que llevaba décadas acumulándose en aquellas paredes.

El interior era peor.

Pasillos interminables. Suelos de mármol que reflejaban mi propia imagen como un espejo implacable. Cuadros de antepasados muertos que me miraban desde las paredes con gesto severo, como preguntándose qué hacía una muchacha de uniforme azul en su sagrado hogar. Arañas de cristal que colgaban de los techos como lágrimas congeladas.

Mis zapatillas se hundían en alfombras persas que probablemente costaban más de lo que yo ganaba en un año. Mis dedos rozaron una mesa de caoba y sentí el barniz suave, perfecto, intocable. Todo estaba limpio. Demasiado limpio. Como si la vida real no pasara nunca por allí.

—Esta será tu habitación —anunció Sebastián, abriendo una puerta de madera maciza al final del pasillo del ala oeste.

Entré.

Y contuve el aliento.

La cama era gigantesca. Un dosel de tela color marfil caía desde el techo, enmarcando sábanas de seda que brillaban bajo la luz de una lámpara de cristal. Había un tocador con espejo dorado, un armario empotrado que ocupaba toda una pared, y un jarrón con flores blancas sobre la mesilla.

Flores frescas. Alguien había puesto flores frescas para mí.

—No hace falta tanto —murmuré, abrumada—. Solo necesito un sitio para dormir. Yo... no estoy acostumbrada a esto.

—Te acostumbrarás —dijo él, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados—. Sobre todo porque no dormirás sola.

Me giré como un resorte.

—¿Qué?

—Mi abuelo vendrá a vivir aquí la semana que viene. Le han dado el alta hospitalaria. —Sebastián hablaba con la misma frialdad que si estuviera leyendo un informe financiero—. Cuando llegue, tiene que creer que esto es un matrimonio real de verdad. Eso significa que compartiremos habitación.

—¡Ni lo sueñes!

—No es negociable.

Su tono no admitía réplica. Era el mismo tono que había usado el día anterior, cuando me ofreció el trato. El tono de alguien que nunca ha escuchado un "no" en su vida.

—La habitación es lo bastante grande —continuó, señalando el espacio entre la cama y el tocador—. Pondremos un biombo si quieres intimidad. Pero si mi abuelo sospecha que dormimos separados, todo este montaje se irá al traste. Y tú volverás a deber cien mil dólares.

Apreté los puños. Las uñas se me clavaron en las palmas.

—Está bien —dije, rechinando los dientes—. Pero pones el biombo y no se te ocurra cruzarlo. Ni una sola vez.

Una sonrisa torcida asomó a sus labios.

Fue la primera expresión casi humana que le veía. Una grieta en el hielo. Una rendija por donde se colaba algo que no encajaba con el depredador con corbata que me había chantajeado.

—Trato hecho, enfermera.

—No me llames así.

—¿Cómo prefieres que te llame? ¿Esposa?

—Prefiero Luna.

—Está bien, Luna. —Mi nombre sonó raro en su boca. Peligroso. Como una palabra en un idioma que estaba aprendiendo a pronunciar—. La cena se sirve a las ocho en punto. Te espero abajo.

Se giró y desapareció por el pasillo.

Me quedé sola, rodeada de lujos que no me pertenecían, sintiéndome como un animal enjaulado en un zoológico de mármol. Me senté en el borde de la cama y las sábanas de seda crujieron bajo mi peso. Eran suaves. Demasiado suaves. Todo en aquella casa era demasiado.

Saqué el teléfono del bolsillo. Busqué el número de Carla, mi compañera del hospital. Necesitaba hablar con alguien que me conociera de verdad, alguien que no me viera como una pieza más en un tablero de ajedrez.

Pero antes de que pudiera marcar, un ruido me sobresaltó.

Un taconeo.

Un taconeo firme, seco, furioso, que avanzaba por el pasillo como un tambor de guerra.

La puerta de la habitación se abrió de golpe.

Y allí estaba ella.

Era espectacular. Rubia, alta, con un vestido azul que se pegaba a sus curvas como una segunda piel. Llevaba los labios pintados de rojo furioso y unos tacones de aguja que probablemente costaban más de lo que yo pagaba de alquiler. Sus ojos, de un verde más claro que los de Sebastián, me taladraron con un desprecio tan absoluto que sentí que me encogía.

—Así que eres tú —dijo. Su voz era un ronroneo envenenado—. La enfermerita que se ha colado en la familia Del Valle.

Me levanté de la cama, intentando aparentar una seguridad que no tenía.

—¿Quién eres tú?

—¿No te lo ha dicho tu flamante esposo? —Sonrió, y fue la sonrisa más peligrosa que había visto en mi vida—. Soy Camila Roth. La mujer que estuvo a punto de casarse con Sebastián. La que sigue siendo dueña de su pasado. Y la que va a encargarse personalmente de que este matrimonio de mentira no llegue a ninguna parte.

Dio un paso hacia mí. Su perfume me envolvió, espeso y caro como todo en aquel mundo.

—Disfruta de tu cuento de hadas mientras dure, enfermerita. Porque cuando yo acabe contigo, volverás a fregar suelos como la don nadie que eres.

Se giró sobre sus tacones y se alejó por el pasillo, dejando tras de sí un eco de tacones y una estela de veneno.

Me quedé plantada en medio de la habitación, con el corazón desbocado y una certeza aterradora que me helaba la sangre.

Acababa de llegar a la mansión Del Valle.

Y ya tenía un enemigo.

O mejor dicho: una enemiga.

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