Mundo de ficçãoIniciar sessãoNunca había entendido la expresión "estar como un pez fuera del agua" hasta que me vi reflejada en el espejo del vestidor de la mansión Del Valle.
La mujer que me devolvía la mirada no era yo.
No podía serlo.
Llevaba un vestido de seda color vino que se ceñía a mis curvas como si hubiera sido cosido directamente sobre mi piel por unas manos invisibles. El escote, pronunciado pero elegante, dejaba ver el collar de rubíes que Sebastián había enviado a mi habitación esa misma tarde junto con una nota manuscrita.
La nota aún estaba sobre el tocador. La cogí por tercera vez, como si releyéndola pudiera encontrar algo que se me hubiera escapado. Una palabra amable. Un gesto humano. Algo.
"Póntelo. Es para la foto. —S."
Ni un "por favor". Ni un "te quedará bien". Ni siquiera su nombre completo. Solo una inicial. Una S que parecía grabada a fuego sobre el papel color crema. Una orden disfrazada de regalo. Una cadena envuelta en seda.
Me giré lentamente frente al espejo. La tela susurró contra mis muslos como un secreto que no me atrevía a contar. Los tacones de aguja —otros regalos forzosos, otros eslabones de aquella cadena— me hacían tambalear ligeramente cada vez que intentaba dar un paso. ¿Cómo se suponía que alguien caminaba sobre alfileres sin romperse un tobillo? ¿Lo aprendían en alguna escuela secreta para millonarias? ¿Había un curso intensivo de "cómo ser la esposa perfecta de un hombre de hielo"?
—Luna, el coche nos espera.
La voz de Sebastián sonó al otro lado de la puerta. Impaciente. Seca. Como siempre. Como todo en él.
Respiré hondo. Cogí el bolso de mano —otro obsequio obligatorio, otra pieza del disfraz— y salí al pasillo.
Sebastián estaba apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos del pantalón. Llevaba un traje negro que le sentaba como una segunda piel. La camisa blanca, impecable, sin una sola arruga. La corbata, de un gris plateado que hacía juego con sus ojos. No llevaba reloj —me di cuenta por primera vez— porque probablemente no necesitaba medir el tiempo. El tiempo se medía para él. Él estaba por encima del tiempo.
Cuando me vio, algo se congeló en su expresión.
No fue admiración. No fue sorpresa. Fue una suspensión absoluta de todo gesto, como si su rostro hubiera olvidado por completo cómo reaccionar ante una mujer con un vestido de noche. Sus ojos verdes me recorrieron una vez. Solo una. Del escote a los tobillos y vuelta a subir. Pero no dijeron nada. No revelaron nada. Eran dos esmeraldas opacas, blindadas, inaccesibles.
Parpadeó.
Una vez.
Dos.
—Vamos —dijo, girándose hacia la escalera sin esperar respuesta.
Eso fue todo.
Ni un cumplido. Ni un comentario. Ni siquiera una crítica. La nada absoluta. El vacío emocional hecho hombre.
Me tragué el orgullo —un orgullo que, para ser sincera, ya empezaba a saber a sangre en la garganta— y lo seguí, bajando las escaleras de mármol con la concentración de un equilibrista en la cuerda floja. Cada escalón era una trampa mortal con aquellos tacones. Mis dedos se aferraban a la barandilla de hierro forjado como si me fuera la vida en ello. Las palmas me sudaban. Las rodillas me temblaban. Pero no me caí.
Llegué abajo sin romperme nada por puro milagro.
El chófer —un hombre mayor de porte impecable y expresión indescifrable— nos abrió la puerta de la limusina. Sebastián entró primero, sin esperarme, sin ofrecerme la mano, sin el más mínimo gesto de cortesía. Me senté a su lado, dejando entre nosotros un espacio vacío que parecía un abismo. El vehículo arrancó con un susurro, como si incluso el motor tuviera miedo de hacer ruido en su presencia.
El silencio dentro del coche era tan denso que podía masticarse. Lo sentía en la lengua, en los oídos, en el pecho. Un silencio que gritaba.
—¿Vas a decirme algo o vamos a estar todo el trayecto como dos desconocidos? —solté por fin, sin poder contenerme. Mi voz sonó más ácida de lo que pretendía, pero no me arrepentí.
Él no me miró. Seguía con la vista fija en la ventanilla, aunque fuera estaba oscuro y no se veía nada interesante. Solo el reflejo de su propio rostro sobre el cristal. Un hombre mirando a un hombre que no sonreía.
—¿Qué quieres que te diga?
—No sé. Quizás "estás bien". O "ese vestido te queda bien". O "gracias por prestarte a esta farsa". Cualquier cosa que no me haga sentir como un mueble que has alquilado para la ocasión.
Silencio.
Un silencio más largo esta vez. Más pesado.
Luego, muy lentamente, giró la cabeza hacia mí. Sus ojos verdes se clavaron en los míos con una intensidad que me obligó a contener la respiración.
—No eres un mueble.
—Ah, gracias. Qué poético. ¿Lo has ensayado o te ha salido solo?
—No me dejas terminar. —Su voz era grave, controlada, pero había algo distinto en su tono. Una fisura casi imperceptible en el hielo—. No eres un mueble, Luna. Eres una presencia incómoda.
—¿Incómoda? —repetí, sin saber si sentirme ofendida o halagada.
—Sí. Incómoda. Porque me obligas a pensar en cosas que no quiero pensar. A sentir cosas que no quiero sentir. Y eso no me gusta. No me gusta nada.
Me quedé callada.
No sabía si aquello era un insulto o una confesión. Con Sebastián Del Valle nunca podía saberse. Era un maestro en el arte de decir cosas que podían significar dos cosas completamente opuestas. Pero algo en su voz —ese algo que no supe identificar— me dijo que acababa de abrir una puerta que normalmente mantenía cerrada con siete llaves.
El coche se detuvo frente al restaurante antes de que pudiera responder.
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El lugar se llamaba Le Château Doré y era exactamente el tipo de sitio que yo solo había visto en revistas de papel satinado que hojeas en la peluquería mientras esperas tu turno. Lámparas de cristal que colgaban del techo como lágrimas congeladas a punto de caer. Camareros con guantes blancos que se movían sin hacer ruido, como fantasmas bien educados. Manteles de hilo tan almidonados que crujían al rozarlos. Una araña central que parecía un sol de diamantes. Todo olía a lujo silencioso, a vino caro y a dinero antiguo. El tipo de dinero que no se exhibe porque no necesita hacerlo.
Me senté frente a Sebastián en una mesa junto al ventanal. La ciudad se extendía a nuestros pies como un tapiz de luces parpadeantes. Allá abajo, la gente caminaba, vivía, respiraba sin saber que yo estaba en una jaula de oro mirándolos con envidia.
—Relájate —dijo él, desplegando la servilleta sobre su regazo con movimientos precisos, casi militares—. Estás tiesa como una tabla.
—No sé cómo relajarme. No pertenezco a este sitio.
—Ahora perteneces. Eres la señora Del Valle.
—De mentira.
Sus dedos se detuvieron sobre la copa de agua. Solo un instante. Un parpadeo. Pero lo suficiente para que yo lo notara. Para que notara que algo en esas dos palabras le había molestado más de lo que quería admitir.
—De mentira —repitió lentamente, como si se recordara a sí mismo esa verdad que tanto necesitaba recordar—. Pero los demás no lo saben. Y no deben saberlo.
El camarero se acercó con el menú. Era un hombre delgado, de bigote fino y modales ensayados. Se inclinó ligeramente hacia Sebastián con una reverencia que olía a décadas de servicio.
—Buenas noches, señor Del Valle. ¿Desean ver la carta?
—No será necesario. —Sebastián ni siquiera me miró. Sus ojos seguían fijos en algún punto indefinido del mantel—. Para la señora, salmón a la plancha con verduras al vapor. Para mí, el solomillo poco hecho. Vino blanco de la casa. Y de postre, lo que recomiende el chef.
—Excelente elección, señor. Enseguida.
El camarero se desvaneció con la misma discreción con la que había llegado.
Yo me quedé con la boca ligeramente abierta, procesando lo que acababa de ocurrir. Había pedido por mí. Sin preguntarme. Sin mirarme. Sin consultarme. Como si yo no tuviera boca. Como si no tuviera opinión. Como si fuera una extensión decorativa de su traje.
—¿Y si yo no como salmón? —pregunté, con más veneno del que pretendía. El veneno me salía solo últimamente. Sería la falta de oxígeno en aquel mundo de mármol.
—Lo comes.
—¿Perdón?
—Dice en tu currículum de enfermera que no eres alérgica al pescado. —Hizo una pausa brevísima, casi imperceptible—. Y pediste salmón en la cafetería del hospital el martes pasado. Con ensalada. Sin postre.
—¿Me investigaste?
—Leo todo lo que firmo. Y todo lo que me envían. —Alzó la copa de agua y bebió un sorbo—. Tengo un dossier completo sobre ti, Luna Méndez. Desde tus calificaciones en la escuela de enfermería hasta tu tipo de sangre. No me gustan las sorpresas.
Apreté la servilleta bajo la mesa hasta que los nudillos me crujieron. Aquel hombre tenía la capacidad sobrenatural de hacerme sentir diminuta y furiosa al mismo tiempo. Era un don. Un don envenenado.
—Podrías haberme preguntado —dije, con la voz tensa como la cuerda de un violín—. Esto apesta a control.
—Es control. —Lo dijo sin una pizca de vergüenza, sin un ápice de culpa, mientras alisaba el mantel con la palma de la mano—. Bienvenida a mi mundo, señora Del Valle.
Estaba a punto de responderle algo que probablemente lamentaría —algo sobre la educación, el respeto y los modales que mi abuela me enseñó desde que tenía uso de razón— cuando una mano se posó sobre el hombro de Sebastián.
Una mano de uñas rojas, largas, perfectamente esculpidas. Uñas que parecían garras disfrazadas de manicura francesa.
Un perfume caro y denso me golpeó la nariz antes incluso de verle la cara. Un perfume que reconocí al instante porque me había perseguido en pesadillas desde la primera vez que lo olí.
—¿Sebastián? ¿Eres tú, cariño?
Se me heló la sangre.
Literalmente.
Sentí que el corazón se me detenía durante un segundo entero y luego arrancaba a galope, desbocado, golpeándome las costillas como un animal enjaulado.
Levanté la vista.
Camila Roth.
Estaba aún más espectacular que en la mansión, si es que eso era posible. Llevaba un vestido negro de escote vertiginoso que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. El pelo rubio caía en ondas perfectas sobre sus hombros bronceados. Sus labios, pintados de rojo furioso, se curvaban en una sonrisa que no llegaba a los ojos. Unos ojos de un verde más claro que los de Sebastián. Un verde frío. Un verde de serpiente.
—Camila. —Sebastián se tensó. No lo vi, pero lo sentí. Sentí cómo todos los músculos de su espalda se endurecían bajo la camisa blanca—. No sabía que cenabas aquí.
—Oh, ya sabes, soy imprevisible. Una nunca sabe dónde voy a aparecer. —Sus ojos de serpiente se desviaron hacia mí, y la sonrisa se le ensanchó—. Y esta debe ser... la enfermera. La famosa Lunita.
—Mi esposa —corrigió Sebastián.
La palabra cayó sobre la mesa como un martillo sobre cristal.
—Ah, sí. La esposa. —Camila me miró con un desprecio tan dulce, tan empalagoso, que casi parecía cariño—. He oído hablar mucho de ti, Lunita. ¿Te importa si me siento un momento? Será solo un minuto. Para ponernos al día. Entre amigas.
—En realidad —empecé a decir, pero Camila ya había tomado asiento a mi lado sin esperar mi respuesta, como si mi opinión no existiera. Como si yo no existiera.
Me recorrió con la mirada de arriba abajo. Despacio. Saboreándolo. Sus ojos se detuvieron en mi vestido, en mis rubíes, en mis zapatos de tacón. Y sonrió.
—Qué vestido tan bonito. ¿Es de alquiler? —Inclinó la cabeza, fingiendo inocencia—. Perdona, no quiero sonar grosera. Es que conozco a la diseñadora y me pareció reconocerlo de la colección de hace dos temporadas. Pero oye, muy buena elección para presupuestos ajustados. Te queda... bueno, te queda.
Sentí que el rubor me subía por el cuello como fuego líquido. Las mejillas me ardían. Las orejas me ardían. Hasta las palmas de las manos me ardían.
—Camila —la voz de Sebastián fue fría como un témpano—. Creo que ya es suficiente.
—¿Suficiente? Si solo estoy charlando un poquito. —Se inclinó hacia mí y bajó la voz, lo justo para que Sebastián no pudiera oírla, aunque sus ojos seguían vigilándonos—. ¿Sabes qué me fascina de tu situación, Lunita? Los matrimonios por contrato son tan frágiles. Un papel. Un número de cuenta. Y de repente, alguien con la información adecuada aparece y... ¡pum! Todo se va al traste. ¿No te da miedo?
Mi corazón dio un vuelco tan violento que pensé que iba a salírseme del pecho.
No podía saberlo.
No podía saber lo del contrato.
No podía.
—No sé de qué hablas —dije, con la voz más firme de lo que esperaba. Me sorprendí a mí misma.
—Claro que no, cielo. Claro que no. —Camila se levantó con la gracia de una pantera, alisándose el vestido—. Bueno, os dejo. Que disfrutéis de la cena. Y Sebastián...
Se inclinó hacia él y le rozó la mejilla con los labios. Un roce lento. Deliberado. Venenoso.
—Cuando quieras volver a casa, ya sabes dónde encontrarme. La puerta sigue abierta. Siempre lo ha estado.
Se fue taconeando hacia la salida, dejando tras de sí un rastro de veneno y perfume caro que tardó varios segundos en disiparse.
Nos quedamos en silencio.
Mis dedos temblaban sobre el mantel. El corazón aún me golpeaba el pecho como un tambor de guerra. Aquella mujer sabía lo del contrato. No solo lo sospechaba: lo sabía. Y si lo sabía, la filtración a la prensa de la que me había advertido con aquella sonrisa de hielo era inminente.
—Luna.
La voz de Sebastián me sacó de mi espiral de pánico.
—Esa mujer va a destruirnos —dije, con un hilo de voz—. Sabe lo del contrato, Sebastián. Lo sabe.
—Lo sé.
—¿Y no te preocupa?
—Claro que me preocupa. —Sus ojos verdes me sostuvieron la mirada con una intensidad nueva. No era la frialdad de siempre. Era otra cosa. Algo más oscuro. Más peligroso. Más humano—. Pero ahora mismo lo único que me importa es que no se salga con la suya.
Se levantó de la silla. Rodeó la mesa lentamente, sin apartar la vista de mí. Y entonces me tendió la mano.
—Baila conmigo.
—¿Qué?
—Confía en mí. Solo esta vez.
La orquesta acababa de empezar una melodía lenta. Un piano susurrando una canción que no reconocí pero que me erizó la piel. Las parejas se deslizaban por la pista de baile como sombras elegantes. Sebastián me tomó de la mano —su palma estaba caliente, sorprendentemente caliente para un hombre de hielo— y me guió hasta el centro del salón.
Mi corazón galopaba tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. De que todo el restaurante podía oírlo.
—Pon tu mano aquí —dijo, colocando mi palma sobre su hombro—. Y la otra aquí. —Entrelazó sus dedos con los míos—. Sígueme.
—No sé bailar.
—Solo déjate llevar.
Empezamos a movernos. Él era sorprendentemente bueno, de pasos seguros y firmes, de esos que han bailado en cien galas y cien eventos benéficos. Yo era un desastre, tropezando con mis propios pies y con los suyos. Pero a los pocos segundos, algo cambió. Su mano en mi cintura me guiaba con una suavidad que no esperaba, y su aliento rozaba mi sien de una forma que me erizaba la piel.
—Camila nos está mirando —susurró, inclinando ligeramente la cabeza hacia la barra—. Está junto al ventanal. No se ha ido.
—¿Y qué quieres que haga?
—Que me sigas el juego.
Se detuvo en seco. Me sostuvo la mirada durante un segundo eterno. Sus ojos verdes tenían algo que no había visto antes. Algo que no supe nombrar.
Y luego me besó.
No fue un beso fingido.
No fue un roce de compromiso. No fue un pico de cortesía.
Fue un beso de verdad.
Sus labios encontraron los míos y el mundo desapareció. Dejó de existir el restaurante, la orquesta, Camila, la deuda, el contrato, todo. Solo estábamos él y yo. Su mano en mi cintura me apretó contra su pecho y sentí el latido de su corazón —o quizás era el mío, no lo sé, ya no distinguía nada— golpeándome las costillas.
Mis dedos se aferraron a su chaqueta sin que yo se lo ordenara.
Mis labios respondieron a los suyos sin que yo les diera permiso.
Y por un instante —un instante brevísimo, infinitesimal, aterrador— todo dejó de ser un contrato.
Cuando se separó, me faltaba el aire. El mundo volvió a existir de golpe, con sus luces, sus ruidos, sus mentiras.
—Eso ha sido... —empecé a decir, pero no supe cómo terminar.
—Para que Camila lo vea —dijo él, con la voz ligeramente ronca—. Nada más.
Pero sus ojos no decían "nada más".
Sus ojos decían todo lo contrario.
Me soltó la cintura muy despacio, como si le costara. Como si su mano no quisiera separarse de mi cuerpo. Y mientras volvíamos a la mesa, con el sabor de sus labios todavía en los míos y el fantasma del beso flotando entre los dos, supe una cosa con una certeza aterradora.
El biombo que separaba nuestras camas en la mans
ión ya no iba a servir de nada.
Porque la grieta en su coraza de hielo acababa de hacerse más grande.
Y yo, contra todo pronóstico, contra toda lógica, contra toda cláusula de aquel contrato que nos unía y nos separaba al mismo tiempo, quería asomarme a ella.







