Desperté a las tres de la madrugada con el corazón golpeándome el pecho.
No había sido una pesadilla. No exactamente. Era algo peor: la realidad. La realidad de aquella nota manuscrita con letra perfecta, de aquella llamada telefónica, de aquellas setenta y dos horas que se estaban consumiendo como la cera de una vela. Corre el reloj, Lunita. La voz de Camila resonaba en mi cabeza como un eco envenenado que no se iba.
Me incorporé sobre los codos. A mi lado, Sebastián dormía. O al menos lo inte