El beso me duró en la boca toda la noche.
Y no era una metáfora poética de esas que salen en las novelas que leía mi abuela. Era una realidad física, insistente, casi dolorosa. Una presencia que me obligaba a pasarme la lengua por los labios cada pocos minutos como si aún pudiera encontrar allí el rastro de Sebastián Del Valle. Como si sus labios hubieran dejado una marca invisible que solo yo podía sentir.
Me sentía ridícula.
Me sentía furiosa.
Y sobre todo, me sentía aterrorizada.
Porque aque