CAPÍTULO 5: EL BIOMBO

Aquella noche descubrí que el silencio de la mansión Del Valle era el más ruidoso que había escuchado nunca.

No era un silencio vacío. Era un silencio lleno de ecos, de crujidos, de sombras que se alargaban por las paredes cuando las luces del pasillo se apagaban. Un silencio que parecía guardar los secretos de varias generaciones.

Me puse el camisón de tirantes que había encontrado en el armario —seda color marfil, a juego con las sábanas— y me cepillé el pelo frente al espejo dorado del tocador. La mujer que me devolvía la mirada seguía sin parecerse a mí. Estaba más delgada. Más pálida. Más asustada.

La puerta se abrió.

Sebastián entró en la habitación sin llamar. Llevaba una camisa blanca sin corbata y las mangas remangadas hasta los codos. Era la primera vez que lo veía sin la armadura del traje impecable, y el cambio me descolocó. Parecía más humano. Más cercano. Más peligroso.

Se detuvo al verme.

Su mirada recorrió mis hombros desnudos, mis tirantes finos, mi pelo suelto todavía húmedo de la ducha. Algo se oscureció en sus ojos verdes. Algo que desapareció tan rápido como apareció.

—Deberías ponerte algo más... abrigado —dijo, desviando la mirada hacia la ventana.

—Hace calor —respondí, encogiéndome de hombros—. Y hay un biombo. No tienes por qué mirar.

—No estaba mirando.

—Claro que no.

Él apretó la mandíbula. Me pareció ver una vena que le palpitaba en la sien, pero no dijo nada. Simplemente se metió en el baño y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

Sonreí para mis adentros.

Quizás el hombre de hielo no era tan inmune a mí como aparentaba.

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El biombo era una estructura de madera tallada con paneles de tela color crema. Antiguo. Elegante. Una pieza de museo que alguien había colocado en medio de la habitación para separar dos mundos: el de él y el mío.

Me tumbé en mi lado de la cama y apagué la lámpara de mi mesilla. Al otro lado del biombo, escuché a Sebastián salir del baño, el roce de las sábanas al meterse en la cama, un suspiro largo y contenido.

El silencio se instaló entre nosotros, pero era un silencio tenso, eléctrico, lleno de palabras no dichas.

—Luna —su voz sonó de repente, grave y cercana a pesar del biombo.

—¿Qué?

—Mi abuelo... hoy te ha hablado de mí. De mi pasado.

Me quedé quieta. No sabía a dónde quería llegar.

—Sí. Dijo que tu padre te trató mal y que tu madre te abandonó. Pero no me dio detalles. Ni los pedí.

Una pausa larga.

—Mi padre no me trató mal. Me ignoró. Que es peor. —Su voz era más baja ahora, como si hablara consigo mismo—. Mi madre se fue cuando yo tenía siete años. Hizo la maleta mientras yo dormía y me dejó una nota que decía: "No me busques".

—Sebastián...

—No te lo cuento para que me compadezcas. Te lo cuento para que entiendas por qué soy como soy.

Me giré hacia el biombo. Las sombras de la tela dibujaban formas imprecisas, pero podía intuir su silueta al otro lado. Estaba tumbado boca arriba, con las manos detrás de la cabeza.

—Mi abuelo me recogió —continuó—. Me crió él solo, con setenta años recién cumplidos. Me enseñó todo lo que sé. A trabajar. A luchar. A no rendirme. Pero también me enseñó, sin querer, que el amor es un riesgo que no vale la pena correr.

—Eso no es verdad —susurré.

—Para mí sí lo es. O lo era.

El corazón me latía con fuerza. No sabía qué responder. Aquel hombre, al que yo había etiquetado como un depredador sin sentimientos, acababa de abrir una grieta en su armadura. Una grieta por la que se asomaba un niño de siete años que despertó una mañana y descubrió que su madre ya no estaba.

—¿Por qué me cuentas esto? —pregunté, con un hilo de voz.

—No lo sé —respondió él, y por primera vez su voz no sonó fría. Sonó confundida, humana, vulnerable—. Supongo que porque mañana vendrá mi abuelo y tenemos que fingir que somos un matrimonio de verdad. Y fingir es más fácil si sabes algo real de mí.

—¿Me has contado algo real?

—Acabo de contarte lo más real que tengo.

Me quedé en silencio. Al otro lado del biombo, Sebastián Del Valle también calló.

Y en aquel silencio, sin saber cómo ni por qué, sentí que el contrato que habíamos firmado se tambaleaba. Porque aquello no era un negocio. Aquello era dos personas rotas, separadas por un biombo de madera, compartiendo sus cicatrices en la oscuridad.

—Buenas noches, Sebastián —dije al fin.

—Buenas noches, Luna.

Apagué la lámpara, pero tardé mucho en dormirme. Y cuando lo hice, soñé con un niño solo en una casa enorme, esperando a una madre que nunca volvió.

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A la mañana siguiente, Don Ernesto llegó a la mansión.

Lo trajeron en una ambulancia privada, rodeado de enfermeros y médicos que lo instalaron en la habitación del ala este con todo tipo de cuidados. Pero él, fiel a su carácter, no dejó de protestar ni un segundo.

—¡Quitadme estas mantas! ¡Parece que me estéis amortajando! ¡Aún no estoy muerto, caramba!

Sebastián y yo lo observábamos desde la puerta. Verlo allí, frágil y gruñón, defendiendo su derecho a quejarse con uñas y dientes, me provocó una ternura inesperada.

—Está feliz —murmuró Sebastián a mi lado—. Cuando se queja es porque está feliz.

—¿Siempre ha sido así?

—Siempre. Es el hombre más terco que he conocido. —Hizo una pausa—. Hasta que te conocí a ti.

Lo miré de reojo. ¿Era un cumplido? ¿Una pulla? Con Sebastián nunca podía saberse.

—Buenos días, tortolitos —nos gritó Don Ernesto desde la cama—. ¿Pensáis quedaros ahí mirando como dos pasmarotes o vais a darme los buenos días como Dios manda?

Sebastián suspiró.

—Buenos días, abuelo.

—Eso está mejor. Y tú, Luna, acércate. Tengo que contarte una cosa.

Me acerqué a la cama. Don Ernesto me tomó la mano con sus dedos temblorosos y me miró con aquellos ojos azules que parecían saberlo todo.

—Mi nieto te ha contado lo de su madre, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabe?

—Porque soy viejo, no idiota. Y porque esta mañana lo he visto mirarte de una forma que no le había visto nunca.

Sentí que me ruborizaba.

—Don Ernesto, yo...

—No me digas nada. Solo te pido una cosa, Luna. —Me apretó la mano con una fuerza sorprendente—. Dale una oportunidad. No al hombre de hielo que él cree ser, sino al que yo sé que lleva dentro.

No supe qué responder.

Porque en el fondo, muy en el fondo, algo dentro de mí ya había empezado a hacerlo.

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