Mundo ficciónIniciar sesiónEl hombre del traje gris me miró como si yo fuera un insecto aplastado contra el parabrisas de su coche de lujo.
Literalmente.
Me levanté del asfalto con las piernas temblorosas. Las palmas de las manos me ardían. Tenía una raspadura en la rodilla izquierda y el uniforme de enfermera manchado de polvo y grasa. El mundo seguía girando a mi alrededor —bocinas, murmullos, alguien gritando "¡llamen a una ambulancia!"—, pero todo me llegaba amortiguado, como si estuviera sumergida bajo el agua.
—¿Me has oído? —la voz del desconocido me golpeó otra vez, arrastrándome a la superficie—. ¡Podrías haberte matado! ¡Podrías habernos matado a nosotros!
—Lo... lo siento mucho —tartamudeé, abrazándome a mí misma—. No miraba por dónde iba. Fue culpa mía.
—¿Fue culpa tuya? —repitió, y su tono era tan afilado que sentí cada sílaba como un corte—. Mi coche acaba de quedar destrozado por tu culpa. ¿Sabes cuánto cuesta este vehículo?
Negué con la cabeza, aunque podía imaginarlo. Todo en él gritaba dinero. Desde los zapatos de cuero reluciente hasta el reloj que asomaba bajo el puño de la camisa. Un reloj que probablemente costaba más de lo que yo ganaba en un año.
—Trescientos mil dólares —dijo, y cada palabra cayó como una losa—. Trescientos mil.
Sentí que el asfalto se abría bajo mis pies.
Primero la deuda de mi abuela.
Ahora esto.
El universo no solo se estaba riendo de mí. El universo me estaba escupiendo en la cara.
—No tengo dinero —solté, y las palabras me salieron rotas, desnudas, sin orgullo—. Debo cien mil dólares al banco. En tres días me embargan la casa de mi abuela. Lo siento mucho por su coche, señor, de verdad que lo siento, pero no puedo pagarle ni el parabrisas. Ni el limpiaparabrisas. Nada.
Me quedé callada, esperando.
Esperando el grito. La amenaza. El "vas a oír de mis abogados".
Pero no llegó.
El hombre enmudeció.
Levanté la vista y me encontré con sus ojos verdes recorriéndome lentamente. No como un hombre mira a una mujer, sino como un estratega evalúa una pieza de ajedrez. Mi uniforme de enfermera. Mis ojeras. La desesperación mal disimulada en cada línea de mi rostro.
Algo cambió en su expresión.
Fue un cambio casi imperceptible, un leve desplazamiento en la mandíbula, un parpadeo más lento. La furia no desapareció, pero se transformó en otra cosa. Algo más frío. Más calculador.
—¿Eres enfermera? —preguntó.
Parpadeé, desconcertada.
—Sí. ¿Y eso qué tiene que ver con...?
—¿Sabes cuidar a una persona mayor? —me interrumpió, como si mi respuesta no le importara y ya la diera por sentada—. ¿Administrar medicación? ¿Controlar constantes vitales?
—Sí, claro —respondí, cruzándome de brazos—. Es mi trabajo. Pero no veo qué...
—Mi abuelo está muy enfermo.
La frase cayó entre nosotros como una piedra en un estanque. El ruido de la calle seguía allí —sirenas a lo lejos, el murmullo de los curiosos—, pero de repente todo me pareció muy lejano.
—¿Su abuelo?
—Don Ernesto Del Valle. El fundador de Del Valle Corporación. —Hizo una pausa, como si esperara que yo reconociera el nombre. No lo hice. Él continuó—: Tiene ochenta y siete años. Su corazón está fallando. Los médicos dicen que le quedan semanas, quizás meses. Y antes de morir, quiere verme casado.
—¿Casado? —repetí, sintiendo que la conversación se me escapaba de las manos.
—Casado —confirmó él—. Con una esposa legal. Si no presento un matrimonio ante el abogado de la familia antes de que firme el testamento definitivo, mi tío Ramiro se quedará con la empresa. Con todo.
Hizo otra pausa. Sus ojos verdes se clavaron en los míos.
—Te propongo un trato, enfermera.
Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó una tarjeta de visita. Negra. Mate. Con letras doradas que brillaban bajo el sol de la tarde.
Sebastián Del Valle
CEO — Del Valle Corporación
—Yo pago tu deuda de cien mil dólares —dijo, tendiéndome la tarjeta—. Y tú te casas conmigo durante un año para cuidar de mi abuelo.
El mundo se detuvo.
Literalmente se detuvo. El ruido, la gente, el humo del coche accidentado. Todo desapareció. Solo estábamos él y yo, frente a frente, con una tarjeta negra entre los dos y una propuesta que sonaba a broma de mal gusto.
—¿Casarme? —mi voz sonó como un graznido—. ¿Con usted? Pero si ni siquiera nos conocemos. No sé nada de usted. ¡Acabo de destrozar su coche!
—Precisamente por eso —respondió él, con una calma exasperante—. No necesito una esposa de verdad. Necesito una enfermera que finja ser mi esposa delante de mi abuelo. Alguien que lo cuide durante sus últimos meses y que me ayude a asegurar la empresa. Tú acabas de demostrar que estás desesperada. Y yo no tengo tiempo que perder buscando candidatas.
Guardó las manos en los bolsillos del pantalón. Su postura era relajada, pero su mirada seguía siendo la de un depredador.
—Es una transacción, nada más. Un año. Al terminar el contrato, recibirás una compensación adicional de cincuenta mil dólares para que rehagas tu vida donde quieras.
Cien mil ahora.
Cincuenta mil después.
Casa de la abuela a salvo.
Las cifras bailaban ante mis ojos como fuegos artificiales. Por primera vez en todo el día, apareció una palabra que no me había atrevido a pronunciar.
Esperanza.
Pero había algo en aquel hombre que no me gustaba. Algo en su frialdad, en su seguridad, en la forma en que me ofrecía la salvación como quien ofrece un producto en venta.
—¿Y si digo que no?
La pregunta flotó en el aire.
Sebastián Del Valle sonrió. Pero no fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa fría, calculada, la sonrisa de alguien que ya ha ganado la partida antes de que empiece.
—Entonces llamaré a mi abogado para reclamarte los daños de mi coche. Trescientos mil dólares. —Inclinó ligeramente la cabeza—. Buena suerte pagándolos con tu sueldo de enfermera.
Se me heló la sangre.
Maldito. Era un maldito chantajista con traje de veinte mil dólares y sonrisa de depredador. Me había tendido una trampa y yo había caído en ella sin siquiera darme cuenta.
—¿Quién eres tú? —pregunté, con un hilo de voz—. ¿Eres un hombre o un depredador con corbata?
—No —respondió él, guardando la tarjeta en el bolsillo de mi uniforme con un gesto rápido y certero—. Soy Sebastián Del Valle. Y tú acabas de convertirte en mi futura esposa.
Su tono no dejaba lugar a réplica.
—Está bien —solté, rechinando los dientes—. Un año. Ni un día más. Pero esto es solo un negocio, ¿entendido? No va a haber nada más. No voy a ser tu esposa de verdad, no voy a quererte, no voy a...
—No hace falta que me quieras —me cortó, girándose hacia su coche humeante—. Solo tienes que fingirlo delante de mi abuelo.
Sacó el teléfono del bolsillo y marcó un número.
—¿Manuel? Envía otro coche. Y prepara los papeles del registro civil para mañana.
Me miró por encima del hombro.
—Nos casamos mañana, señorita...
—Méndez —respondí, tragándome el orgullo—. Luna Méndez.
—Trato hecho, Luna Méndez.
Y dicho esto, se alejó unos pasos para hablar por teléfono, dejándome allí plantada, con las palmas ensangrentadas, el uniforme roto y la certeza aterradora de que acababa de vender un año de mi vida a un completo desconocido.
Pero mientras lo veía caminar, erguido y frío como un témpano de hielo, algo me dijo que ese hombre escondía mucho más de lo que mostraba.
Y que mi vida, a partir de mañana, nunca volvería a ser igual.







