Se llamaba Perla y tenía exactamente el perfil que Sebastián había pedido, treinta y cuatro años, certificación en primeros auxilios pediátricos, cinco referencias verificadas, dos de ellas familias con bebés menores de seis meses, puntual, discreta, con experiencia en casas con personal de seguridad. La agencia la había calificado como una de sus mejores candidatas del año.
Llegó un martes a las nueve de la mañana con una carpeta ordenada bajo el brazo y una sonrisa que no era demasiado amplia