Eva
No duermo.
O, mejor dicho, duermo a ratos, en esos minutos breves en los que el cuerpo se rinde por puro cansancio y luego vuelve a despertarse como si algo me empujara desde adentro.
Cuando el cielo empieza a aclarar, sigo en el sofá, con la manta arrugada sobre las piernas y los ojos ardiendo. No sé en qué momento dejé de mirar por la ventana, pero sé que no volví a verlo. Andrew ya no está.
Eso debería aliviarme.
No lo hace.
Me levanto despacio, con el cuerpo pesado, como si hubiera cor