Eva
No duermo.
O, mejor dicho, duermo a ratos, en esos minutos breves en los que el cuerpo se rinde por puro cansancio y luego vuelve a despertarse como si algo me empujara desde adentro.
Cuando el cielo empieza a aclarar, sigo en el sofá, con la manta arrugada sobre las piernas y los ojos ardiendo. No sé en qué momento dejé de mirar por la ventana, pero sé que no volví a verlo. Andrew ya no está.
Eso debería aliviarme.
No lo hace.
Me levanto despacio, con el cuerpo pesado, como si hubiera corrido kilómetros sin moverme del lugar. Voy al baño, me miro en el espejo y apenas me reconozco. Los ojos hinchados, la piel opaca, el cabello hecho un desastre.
Me lavo la cara. Una vez. Dos. Tres.
No sirve de mucho.
—Vamos —me digo en voz baja—. Solo hoy.
Porque eso es lo único que puedo manejar: hoy.
Rubi ya se fue a la escuela. Dejó un mensaje en la mesa: “Te quiero. Escríbeme cuando despiertes.”
Lo leo y lo vuelvo a dejar ahí.
No tengo energía para hablar.
Me visto con lo primero que encuent