Eva
Cuando salgo del edificio y lo veo ahí, parado junto a su auto, con el rostro cansado y los ojos rojos, algo dentro de mí se rompe sin hacer ruido.
No digo nada.
No tengo fuerzas.
Camino hacia él envuelta en la manta como si fuera una niña que salió de su cama en mitad de la noche. Andrew da un paso al frente y, antes de que yo pueda reaccionar, me rodea con sus brazos.
Y entonces lloro.
No lloro bonito.
No lloro en silencio.
Lloro como si todo lo que he aguantado en mi vida decidiera salir al mismo tiempo.
Me aferro a su saco con los dedos, no para abrazarlo, sino para no caerme. Mi cara queda enterrada en su pecho y siento cómo me aprieta más fuerte, como si quisiera protegerme de algo que él mismo provocó.
—Te amo —me dice, con la voz rota.
Yo no respondo.
Solo sollozo.
No lo abrazo de vuelta.
Porque en el fondo, aunque mi cuerpo esté aquí, sé que ya lo perdí.
Sé que esto que estamos haciendo es solo una despedida que ninguno quiere nombrar.
Mient