ANDREW
No contesta.
Al principio no me preocupa. Eva siempre ha sido irregular con el teléfono. A veces responde de inmediato, a veces desaparece por horas. Sin embargo, conforme pasa el día, la ausencia se vuelve más evidente. Reviso la conversación sin abrirla, solo para confirmar que no estoy imaginando cosas.
Nada.
No hay mensajes nuevos. No hay llamadas perdidas. No hay ni siquiera una reacción tardía.
Durante la mañana intento concentrarme en el trabajo. Tengo una reunión con el departamento financiero, otra con marketing, y una más con producción. Las escucho todas, respondo cuando hace falta, firmo documentos, tomo decisiones. Desde fuera, no hay nada fuera de lo normal.
Por dentro, en cambio, algo no está en su lugar.
Cada pausa termina en el mismo gesto: mi mano va al teléfono casi por reflejo. Lo dejo de nuevo sobre el escritorio, boca abajo, como si eso pudiera evitar que piense en ella. No funciona.
No me responde porque no quiere. Esa e