No pienso demasiado antes de ir a buscarlo.
De hecho, si me detuviera a hacerlo, probablemente no lo haría. La rabia tiene esa ventaja: elimina la duda, reduce todo a una sola dirección. Camino rápido, sin revisar el teléfono, sin ordenar ideas. Solo avanzo.
Sé exactamente dónde está.
En su oficina.
Siempre en su oficina.
Entro al edificio sin anunciarme. El guardia me reconoce, no pregunta nada. Subo al ascensor con los hombros tensos y la mandíbula apretada. Durante el trayecto, intento orden