No lloro cuando llego a casa.
Eso es lo primero que noto.
Cierro la puerta, dejo el bolso en el suelo y me quedo de pie en medio del apartamento, con el ruido de la ciudad entrando por la ventana mal cerrada.
No lloro.
Me arde el pecho, sí.
Me pesa el estómago.
Pero no lloro.
Rubi está sentada en el sofá, con las piernas recogidas y el celular en la mano. No levanta la vista de inmediato. Ya vio las fotos. Ya leyó los titulares. No necesita preguntar.
—¿Lo viste? —dice al fin.
Asiento.
—Sí.
—¿Hablaste con él?
—Sí.
Rubi deja el teléfono a un lado y me observa con cuidado. No como una niña curiosa, sino como alguien que intenta medir daños.
—¿Te mintió?
—No —respondo después de un segundo—. Eso es lo peor. No lo hizo.
Me siento frente a ella, apoyando los codos en las rodillas. Me miro las manos. Están firmes. No tiemblan.
—Entonces... ¿qué pasó?
—Eligió —digo—. Y me dejó claro por qué.
Rubi frunce el ceño.
—¿Por qué?
—Porque Hellen es su la decisión correcta.
—¿Y tú no?
—No en la vida