Dormí.
No profundamente, no como la gente que tiene la vida resuelta, pero dormí lo suficiente para que mi cuerpo dejara de temblar por todo lo que pasó ayer.
La luz gris entra por la ventana, esa luz apagada de la mañana que no promete nada especial.
Me estiro un poco. Siento el tirón en la espalda, el ardor leve en la mejilla, la garganta seca.
El tipo de dolor que uno aprende a ignorar cuando vive con prisas y salarios bajos.
Rubi no regresó anoche. Agradezco el silencio.
Por primera ve