Capítulo 18
Dormí.

No profundamente, no como la gente que tiene la vida resuelta, pero dormí lo suficiente para que mi cuerpo dejara de temblar por todo lo que pasó ayer.

La luz gris entra por la ventana, esa luz apagada de la mañana que no promete nada especial.

Me estiro un poco. Siento el tirón en la espalda, el ardor leve en la mejilla, la garganta seca.

El tipo de dolor que uno aprende a ignorar cuando vive con prisas y salarios bajos.

Rubi no regresó anoche. Agradezco el silencio.

Por primera vez en días, la casa no se siente como un recordatorio de todo lo que no tengo.

Solo se siente... tranquila.

Me arrastro hasta el baño, me echo agua en la cara.

La marca en mi mejilla sigue ahí: roja, delgada y visible.

No necesito pensar demasiado en cómo se ve; ya sé que duele mirar.

Me pongo ropa cómoda, una camiseta vieja y unos pantalones que ya deberían haberse jubilado.

Hago café instantáneo, ese que sabe a castigo.

Toso un par de veces por el polvo que sube del sobre.

Todo empieza
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