Abro y cierro la puerta sin pensarlo demasiado, casi como un reflejo.
Se fue.
El pequeño eco de sus pasos bajando por las escaleras se apaga rápido, y el silencio del apartamento vuelve a caer encima de mí. Me apoyo en la puerta por dentro, respiro hondo y dejo salir todo el aire que no solté mientras él estuvo aquí.
Huele a salsa, a humedad y a algo más... a él, todavía.
—Ya está —murmuro para mí—, se acabó.
Camino hasta la mesa, recojo un plato, luego otro. Mis manos se mueven en automático.