El segundo día siempre es más peligroso.
El primero te permite pasar desapercibida. Te observan sin expectativas. Si fallas, es comprensible. Si aciertas, es suerte.
El segundo día confirma si perteneces.
Llego al set con el guion doblado bajo el brazo, aunque ya no lo necesito. No es por las líneas. Es por costumbre. El café sigue siendo malo. El aire huele a cables calientes, a maquillaje viejo y a prisa acumulada.
Aquí no soy invisible.
Un par de técnicos me saludan con la cabeza. El asistente de sonido me pide permiso antes de ajustarme el micrófono. La maquillista me pregunta si quiero retocar algo o dejarlo así.
Es poco. Pero es distinto a ayer.
Me colocan en posición para la primera escena del día. Es breve. Dos líneas. Una reacción. Ayer salió bien. Hoy no puedo permitirme hacerlo peor.
—Silencio.
La claqueta golpea.
No pienso en Andrew.
No pienso en Hellen.
No pienso en nada que no sea el ritmo interno de la escena.
Respiro. Digo mis líneas. Escucho la réplica. Reacciono.
—Co