Andrew
Hellen entra a mi oficina, lleva el cabello perfectamente acomodado, el maquillaje impecable, la expresión tranquila de alguien que no viene a pelear, sino a entender. O al menos, a fingir que quiere hacerlo.
Cierra la puerta detrás de ella con cuidado y deja el bolso sobre el sofá, como siempre. Ese gesto cotidiano, casi doméstico, es parte de lo que siempre me hizo sentir que con ella la vida podía ser simple.
—Tu madre llamó —dice mientras se sirve agua—. Quiere que vayamos a cenar el jueves.
—Bien —respondo—. Le confirmo luego.
Asiente, toma un sorbo, se apoya contra la encimera. Me observa sin que parezca evidente.
—¿Todo bien? —pregunta.
No es una pregunta casual. Nunca lo es.
—Sí —respondo—. Solo trabajo.
—Siempre hay trabajo —dice—. Pero hoy estás... distinto.
Levanto la vista del escritorio.
—¿Distinto cómo?
Se encoge de hombros.
—Distraído. Como si estuvieras en otro lugar.
No contesto de inmediato. No porque no sepa qué decir, sino porqu