Andrew
Hellen entra a mi oficina, lleva el cabello perfectamente acomodado, el maquillaje impecable, la expresión tranquila de alguien que no viene a pelear, sino a entender. O al menos, a fingir que quiere hacerlo.
Cierra la puerta detrás de ella con cuidado y deja el bolso sobre el sofá, como siempre. Ese gesto cotidiano, casi doméstico, es parte de lo que siempre me hizo sentir que con ella la vida podía ser simple.
—Tu madre llamó —dice mientras se sirve agua—.