Habían pasado tres semanas desde la operación de Isabella. Cada mañana, verla correr por el jardín junto a la pequeña perrita Roberta era el mejor regalo que la vida podía darme. Sus risas llenaban el aire, y cada paso firme que daba era una señal de esperanza. El doctor había dicho que su vista mejoraba día a día, y yo podía confirmarlo: Isabella ya reconocía colores, formas, sombras… hasta el rostro de las personas.
Mientras la observaba desde el balcón, noté a Fiorella al fondo del jardín, se