GIULIA
El dolor en el brazo me quemaba como si me hubieran metido la mano en un brasero. Sentía la sangre caliente recorrer mi piel y el mundo giraba, una y otra vez, como si estuviera suspendida entre el sueño y la realidad. Todo era ruido: voces lejanas, pasos, luces borrosas que no acertaban a formar figuras. Apenas escuchaba, hasta que una voz grave, cercana, logró atravesar el caos.
—Giulia, mírame… respira, ¿me escuchas? —era Dante.
Su voz me llamó como un ancla. Noté cómo me levantaban