El aire en la casa era una mezcla de risas, pasos apresurados y el tintineo constante de copas. Todos corrían de un lado a otro preparando la cena, pero yo seguía encerrada en mi habitación, sentada frente al espejo con el corazón pesado. No quería bajar. No quería verlo. Desde que llegamos, había evitado a Dante como si mi vida dependiera de ello. Tal vez sí.
La puerta se abrió de golpe y Masha entró sin tocar.
—¿Todavía así? —exclamó con las manos en la cintura—. Giulia, todos están en el com