DANTE
Volvimos a la cabaña pasada la medianoche. Apenas crucé la puerta, Claudia se lanzó contra mí como una fiera.
—¡Dante! —me rodeó el cuello con sus brazos.
La aparté de un empujón suave, sin mirarla siquiera. No estaba de humor. Marco y otros hombres entraron detrás de mí. Me quité la chaqueta manchada de polvo y sangre seca.
—Aurora —le ordené apenas vi su silueta en la cocina—. Prepara comida para todos. Estamos cansados.
Ella asintió con un movimiento nervioso y desapareció rumbo a las