GIULIA
Me levanté antes de que saliera el sol. No había dormido. El corazón me latía como un tambor en medio de la madrugada. Me miré al espejo: ojeras profundas, los labios resecos, y un vacío insoportable en el pecho.
Dejé el delantal doblado sobre la silla. Hoy no era la chef, ni la criada de esa casa, ni la mujer que todos creían que podían pisotear. Hoy era madre, y una madre dispuesta a hacer lo que fuera necesario. Isabella estaba allá afuera, en manos de monstruos, y yo no podía seguir