GIULIA
Intentaba comer, pero cada bocado se volvía más pesado que el anterior. La comida sabía a ceniza en mi boca. El ambiente en la mesa era espeso, cargado de miradas cruzadas, silencios punzantes y una tensión que podía cortarse con un cuchillo. Sobre todo con Claudia, cuya mirada clavada en mí era pura pólvora.
Fue Riccardo quien rompió el silencio. Inició con un carraspeo
—Dante… Don Rigo mandó un mensaje. Viene esta noche —dijo, sin mirarme.
Dante levantó una ceja, curioso.
—¿Alguna no