El resto del día en la empresa se me hizo más largo de lo habitual. No sabía si era por el collar que llevaba en el cuello, por las veces que atrapé a Alessandro mirándome cuando creía que yo no me daba cuenta, o simplemente porque la tensión se había quedado pegada a mi piel desde la mañana. Pero las horas pasaban pesadas, como si el reloj quisiera torturarme a propósito.
Cuando dieron las seis, recogí mis cosas y solté un suspiro que llevaba horas guardando. Estaba guardando unos planos en la