Alessandro
Montenegro olía a metal y sal.
Apenas bajé del avión supe que algo estaba mal. No era intuición; era experiencia. Demasiado movimiento para una ciudad que fingía dormir. Demasiadas luces encendidas en el puerto. Demasiados hombres mirando sin mirar.
—No me gusta esto —dije mientras subía al vehículo blindado.
Nadie respondió. No hacía falta.
El trayecto fue silencioso. Pasamos por calles estrechas, edificios viejos, fachadas que ocultaban negocios que no figuraban en ningún registro. Cada esquina podía ser una trampa. Cada semáforo, una oportunidad para morir.
Llegamos al primer punto seguro.
—Quiero a todos adentro. Ya —ordené.
La reunión no fue elegante. No hubo whisky caro ni mesas largas. Hubo mapas desplegados a golpes sobre una mesa de metal, laptops abiertas, voces superpuestas y sudor.
—El cargamento ARIZE salió hace cuatro días —dijo uno de mis hombres—. Ruta limpia. Ninguna señal hasta la explosión.
—Eso es mentira —respondí, frío—. No existen rutas limpias.
Silen