Alessandro
Montenegro olía a metal y sal.
Apenas bajé del avión supe que algo estaba mal. No era intuición; era experiencia. Demasiado movimiento para una ciudad que fingía dormir. Demasiadas luces encendidas en el puerto. Demasiados hombres mirando sin mirar.
—No me gusta esto —dije mientras subía al vehículo blindado.
Nadie respondió. No hacía falta.
El trayecto fue silencioso. Pasamos por calles estrechas, edificios viejos, fachadas que ocultaban negocios que no figuraban en ningún registro.