El tercer día amaneció más tranquilo.
Abrí los ojos con el sonido suave del despertador del hotel y, por primera vez, no me sentí cansada. Quizás dormir sin la tensión constante de la mansión Moretti me había hecho bien.
Aunque, si era sincera conmigo misma, lo primero que hice fue mirar el celular buscando —sin querer admitirlo— un mensaje de Alessandro.
Nada.
Solo un recordatorio del arquitecto encargado del proyecto: la inspección del edificio a las nueve de la mañana.
Me levanté con un susp