Al otro día amaneció con un cielo tan despejado que parecía una invitación.
El tipo de mañana que, aunque no digas nada, ya promete que algo bonito va a pasar.
Me levanté temprano, antes de que el despertador sonara, y por primera vez en mucho tiempo no sentí el peso del cansancio sobre los hombros.
Me vestí rápido: unos jeans claros, una blusa blanca de tirantes y una chaqueta ligera.
Nada de maquillaje cargado, nada de apariencias. Solo yo, lista para escapar un poco del mundo Moretti.
Cuando