La ciudad seguía creyendo que la noche era su aliada. No saben que la noche es mi oficina favorita: en la penumbra se miden voluntades, se estudian respiraciones y se coloca el último tornillo en la maquinaria del castigo.
Llegué al almacén antes del amanecer. Marco ya estaba allí, con café en la mano y la calma que le cabe. Le devolví el gesto con un asentimiento seco. El hombre que habíamos venido a desenredar esperaba en una sala pequeña: las manos esposadas, la mirada encendida por el pánic