Alessandro
La casa estaba en silencio cuando llegué.
No era un silencio muerto, sino uno cuidadosamente sostenido, casi disciplinado. Luces bajas programadas para la noche, el reloj del pasillo marcando los segundos con una precisión que rozaba la obsesión, el murmullo lejano del agua cayendo en el piso superior. Una ducha. Isabella estaba despierta.
Siempre sabía cuándo lo estaba. No necesitaba verla ni oírla respirar para estar seguro.
Me quité el abrigo con movimientos lentos, metódicos, dejándolo sobre el respaldo de la silla sin desordenarlo. El club aún pesaba en mi cuerpo: el humo, las miradas que bajaban la cabeza a mi paso, los acuerdos cerrados sin palabras claras. El imperio no se sostenía solo con dinero. Se sostenía con miedo, lealtad y recordatorios constantes de quién estaba arriba y quién no debía olvidar su lugar.
Subí las escaleras sin prisa. No porque no tuviera cosas urgentes en la cabeza, sino porque aquí, dentro de estas paredes, todo debía parecer controlado.
La