Alessandro
Llegué a casa pasada la medianoche.
El edificio estaba en silencio, como si la ciudad entera contuviera la respiración. Cerré la puerta sin hacer ruido y dejé el saco sobre la silla. El club seguía adherido a mí: el olor, las luces, las miradas. Marco, los números, las órdenes. Todo funcionaba como debía… y aun así, algo me pesaba.
Isabella estaba despierta.
La encontré en la sala, sentada en el sofá, con las piernas recogidas y una manta sobre los hombros. La televisión estaba encendida, pero el volumen bajo, como si solo necesitara compañía, no ruido.
—Llegaste —dijo al verme.
No sonrió exagerado. No se levantó corriendo. Isabella nunca exagera nada. Eso es parte de lo que me desarma.
—Sí.
Me acerqué y me incliné frente a ella. Le di un beso corto, tranquilo, de esos que no buscan nada más que confirmar que el otro está ahí. Su mano se apoyó en mi pecho, justo donde el corazón todavía latía demasiado rápido.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo en orden.
No mentí. Tampoco dije t