Alessandro
Llegué a casa pasada la medianoche.
El edificio estaba en silencio, como si la ciudad entera contuviera la respiración. Cerré la puerta sin hacer ruido y dejé el saco sobre la silla. El club seguía adherido a mí: el olor, las luces, las miradas. Marco, los números, las órdenes. Todo funcionaba como debía… y aun así, algo me pesaba.
Isabella estaba despierta.
La encontré en la sala, sentada en el sofá, con las piernas recogidas y una manta sobre los hombros. La televisión estaba encen