El vestido me quedaba como una segunda piel. Negro, elegante, de seda brillante, con un escote discreto pero suficiente para no pasar desapercibido. Las ondas suaves en mi cabello caían sobre mis hombros y un maquillaje impecable resaltaba mis facciones. Por un momento, apenas las escaleras. Sus ojos se detuvieron en mí de una forma que me hizo contener la respiración. —Perfecta —fue lo único que dijo. Y esas palabras, tan escasas, tuvieron más peso que cualquier elogio rebuscado.
El chofer no