El amanecer entró tímido por las cortinas, pero yo ya estaba despierta desde hacía rato. Había pasado gran parte de la noche recordando la escena con Luciana en la gala, el modo en que me saludó con esa hipocresía disfrazada de cortesía, y la frialdad con la que Alessandro la había tratado.
Por un instante, me había sentido débil, insegura. Pero mientras el silencio de la mañana se apoderaba de la habitación, me obligué a pensar de otra forma.
"Si Alessandro hubiera querido casarse con Luciana,