El mundo se redujo a sonidos. Tras el chasquido definitivo de la puerta que separó su cuerpo del de Damián, Lucía se quedó petrificada, pegada a la fría pared de acero, escuchando con cada fibra de su ser.
Al principio, solo la respiración entrecortada de las otras mujeres, el llanto ahogado de una de ellas. Luego, los pasos de Damián alejándose, firmes, decididos. Unos segundos de silencio tenso, cargado de un presagio brutal.
Entonces, estalló todo.
Los primeros golpes llegaron como truenos sordos y lejanos. ¡CRAC! ¡THUD! Madera, o metal, contra algo blando. Lucía cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera detenerlo. Vino un jadeo ahogado que reconoció, un sonido de dolor que le atravesó el pecho como si el golpe hubiera sido para ella. Después, más golpes. Una sucesión implacable. Un choque contra la pared del pasillo que hizo vibrar el suelo bajo sus pies descalzos.
Imágenes involuntarias, horribles, nítidas, invadieron su mente. La porra de un guardia estrellándose con