Encerrada

El único gesto de suerte en aquel infierno fue la jaula vacía. Cuando Damián la empujó hacia las sombras del fondo de la cámara, la puerta de una de las celdas, desprovista de candado, cedió bajo su peso. Lucía se coló dentro por instinto, cerrando la reja tras de sí con un clic apenas audible. No era libertad, pero eran unos barrotes que ella controlaba, una celda dentro de la celda, un último y frágil refugio psicológico.

La oscuridad era absoluta, rota solo por las tenues luces de emergencia del pasillo que se filtraban por la mirilla de la puerta principal. El tiempo perdió todo significado. Lo midió en ciclos de sonido: el zumbido profundo y constante de los motores, los pasos esporádicos de los guardias, los sollozos ahogados que brotaban de las otras jaulas en la negrura.

Los primeros momentos fueron de puro shock. Acurrucada en el suelo frío de su jaula, Lucía no podía dejar de escuchar el eco de los golpes. Cada ruido metálico lejano le hacía estremecer. ¿Habría sido un porta
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