Encerrada

El único gesto de suerte en aquel infierno fue la jaula vacía. Cuando Damián la empujó hacia las sombras del fondo de la cámara, la puerta de una de las celdas, desprovista de candado, cedió bajo su peso. Lucía se coló dentro por instinto, cerrando la reja tras de sí con un clic apenas audible. No era libertad, pero eran unos barrotes que ella controlaba, una celda dentro de la celda, un último y frágil refugio psicológico.

La oscuridad era absoluta, rota solo por las tenues luces de emergencia
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