El chasquido sordo de la puerta blindada al cerrarse a su espalda fue el último sonido claro que Damián registró antes de que el mundo se convirtiera en movimiento puro, adrenalina y violencia calculada. No miró atrás. No podía permitirse esa debilidad. Había sellado a Lucía en la oscuridad, y ahora su cuerpo era la única barrera entre ella y los diez hombres que doblaban la esquina del pasillo metálico, sus linternas cortando la penumbra como sables.
No hubo diálogo. No hubo advertencias. El primero en llegar, un tipo ancho con el cuello tatuado, vio a Damián plantado frente a la puerta prohibida y sin pensarlo descargó su porra extendible hacia su cabeza. Damián se agachó, el aire silbando sobre su pelo, y contragolpeó con un puñetazo seco al plexo solar. El hombre jadeó, doblando cintura. El segundo recibió una patada baja en la rodilla que sonó a madera seca partiéndose.
Pero eran diez.
El tercero y el cuarto llegaron juntos. Damián esquivó un golpe, bloqueó otro, pero un impacto