Pasaron tres días largos y silenciosos. Damián no la llamó, no envió mensajes. Solo un correo electrónico seco a última hora del miércoles. El asunto decía: «Reincorporación». El texto era escueto:
«Señorita Montero: Su ausencia ha sido justificada como baja médica. Puede reincorporarse mañana jueves. Si la situación está controlada y por nosotros no hay riesgo al volver. Cumpla con sus funciones asignadas y no cometa más errores.»
Las palabras «no hay riesgo» estaban subrayadas. Lucía las leyó una y otra vez. ¿Era su forma de decirle que el archivo no tenía rastreadores? ¿O solo una fórmula burocrática? No había firma, solo sus iniciales: D.R.
Al llegar a Vanguard el jueves por la mañana, Lucía sintió que todos la miraban. O tal vez era su paranoia. Se dirigió a su cubículo, pero antes de llegar, la voz dulce y afilada de Elena Vance la detuvo.
—¡Lucía! Qué alegría verte recuperada —dijo, acercándose con una carpeta en las manos—. Justo necesitaba hablar contigo. Con tu… habilidad pa