Lucía despertó sobresaltada, un grito ahogado en la garganta. Había sido una pesadilla, una de tantas. En su sueño, vio a Damián empujándola a un armario, charcos oscuros en el suelo y un silencio final que la heló. Pero la realidad, al abrir los ojos, no era mucho mejor.
¿Dónde estoy? Dios, ayúdame.
No había armario. Estaba en una habitación minúscula, de paredes sucias y frías, con un colchón delgado en el suelo y un cubo en un rincón. No había ventanas, solo una bombilla desnuda que colgaba del techo. A su lado, otras dos mujeres, jóvenes, miraban al vacío con ojos vidriosos. Nadie hablaba. El aire olía a moho y a sudor frío, daba miedo.
Así había sido desde que bajaron del barco. Un viaje interminable de paradas en naves industriales, casas a medio construir y sótanos húmedos. Siempre moviéndose. Siempre bajo la vigilancia de hombres de mirada dura que apenas pronunciaban palabra. La duda era la única compañía constante: ¿Damián vivirá? ¿Habrá servido de algo todo aquello? La posi