Lucía despertó sobresaltada, un grito ahogado en la garganta. Había sido una pesadilla, una de tantas. En su sueño, vio a Damián empujándola a un armario, charcos oscuros en el suelo y un silencio final que la heló. Pero la realidad, al abrir los ojos, no era mucho mejor.
¿Dónde estoy? Dios, ayúdame.
No había armario. Estaba en una habitación minúscula, de paredes sucias y frías, con un colchón delgado en el suelo y un cubo en un rincón. No había ventanas, solo una bombilla desnuda que colgaba