La conciencia regresó a Damián en oleadas lentas y dolorosas. Primero reconoció el techo blanco y las luces fluorescentes. Luego, el olor a antiséptico. Finalmente, el dolor: un coro sordo que cantaba desde sus costillas, su mandíbula, cada músculo magullado.
Giró la cabeza con cautela. Habitación privada, pequeña pero limpia. Monitores médicos parpadeaban a su izquierda. Tenía una vía intravenosa en la mano. No estaba esposado.
Eso fue lo primero que registró. No era una celda.
Intentó sentarse y un dolor agudo en el costado derecho le hizo contener la respiración. Bajó la mirada. Bajo la bata de hospital, un vendaje compresivo rodeaba su torso. Recordó el sonido de sus propias costillas quebrándose. Recordó la celda. Los golpes. Arturo Salgado...
Lucía.
El nombre le golpeó el pecho. Se incorporó a pesar del dolor, buscando cualquier indicio de dónde estaba. ¿Era otra trampa de Salgado?
La puerta se abrió.
La figura que entró no era un médico. Tampoco un guardia. Llevaba un traje inf