La conciencia regresó a Damián en oleadas lentas y dolorosas. Primero reconoció el techo blanco y las luces fluorescentes. Luego, el olor a antiséptico. Finalmente, el dolor: un coro sordo que cantaba desde sus costillas, su mandíbula, cada músculo magullado.
Giró la cabeza con cautela. Habitación privada, pequeña pero limpia. Monitores médicos parpadeaban a su izquierda. Tenía una vía intravenosa en la mano. No estaba esposado.
Eso fue lo primero que registró. No era una celda.
Intentó sentars