La caída al suelo resonó como un truco sordo en el cráneo de Damián. El sonido del disparo, amortiguado por el silenciador, aún zumbaba en sus oídos, pero era nada comparado con el estruendo del miedo que ahora lo paralizaba. El hombre y Lucía formaban un amasijo inmóvil en el suelo del cuarto de servicio. Un charco oscuro y espeso comenzaba a extenderse con rapidez alarmante desde debajo de ellos, brillando de forma obscena bajo la luz blanca de la bombilla.
Damián se quedó helado, las rodilla