La caída al suelo resonó como un truco sordo en el cráneo de Damián. El sonido del disparo, amortiguado por el silenciador, aún zumbaba en sus oídos, pero era nada comparado con el estruendo del miedo que ahora lo paralizaba. El hombre y Lucía formaban un amasijo inmóvil en el suelo del cuarto de servicio. Un charco oscuro y espeso comenzaba a extenderse con rapidez alarmante desde debajo de ellos, brillando de forma obscena bajo la luz blanca de la bombilla.
Damián se quedó helado, las rodillas casi cediendo. El arma, aún humeante, le colgaba de la mano como un objeto ajeno. Su mente, siempre tan rápida, se había convertido en un bloque de hielo. Solo una pregunta, nítida y aterradora, la atravesaba una y otra vez: ¿A quién le di? Había disparado en el momento exacto en que el hombre movió a Lucía. La bala podía haberla alcanzado a ella. Podía haber sido su mano la que le quitara la vida. La posibilidad lo petrificó, sumiéndolo en un estado de shock absoluto. No veía, no oía. Solo ve