La puerta del cuarto de servicio se cerró con un chasquido seco, ahogando los últimos sonidos lejanos de la fiesta. La bombilla desnuda parpadeó una vez más antes de estabilizarse mientras el olor a lejía y moho se volvió opresivo.
El hombre no soltó su brazo. Su mano, grande y de dedos cortos regordetes, era como una abrazadera de carne caliente y húmeda alrededor de su bícepos.
“Aquí estamos, solos por fin,” dijo, y su voz sonaba aún más ronca en el silencio claustrofóbico. Su aliento, cargado con el olor a alcohol barato y a algo indescifrablemente dulzón, le llegó a la cara. Lucía contuvo la respiración, el asco retorciéndose en su estómago.
“Por favor,” murmuró, sin convicción, sabiendo que era inútil.
“Por favor, ¿qué, preciosa?” Él se acercó más, reduciendo la distancia a centímetros. Su cuerpo voluminoso parecía ocupar todo el espacio disponible, bloqueando la puerta, bloqueando la luz, bloqueando cualquier esperanza de salida. “¿Por favor, más rápido? No te preocupes, vamos a