Mi suegra se quedó un momento callada; una eternidad me pareció, pero para ella era solo el tiempo necesario para dejar reposar su respuesta.
—No.
Fruncí el ceño. No esperaba esa respuesta, esperaba alguna palmadita en la espalda.
—¿No? —pregunté esperando una respuesta más amplia.
—Todavía te sientes culpable. Una persona despiadada no se sentiría culpable.
Parpadeé al escuchar su respuesta. No podía estar esperando que arrancara totalmente mi corazón del pecho en aras de ser una Romano.
Ella s