A la mañana siguiente acompañé a Romano hasta la puerta de la mansión.
—Podrías quedarte —susurré de forma melosa ajustando el nudo ya ajustado de su corbata.
—Hoy tengo que terminar de cerrar un par de adquisiciones para tu conglomerado.
Inmediatamente se vino a mi mente la imagen de otras dos mujeres: la señora Navas y la señora Peterne.
—Aunque te diga que las dejes tranquilas, que no merece la pena, no vas a dejarlas.
—Yo solo estoy recogiendo los trozos que suelta Isabella.
Un temblor reco