Isabella parecía distraída desde que salimos de la torre de Romano. Apenas había contestado con monosílabos cuando yo hacía alguna pregunta directa o simples asentimientos para disimular que seguía mi conversación.
Mi coche devoraba las curvas de la carretera de montaña camino de un pequeño hotel donde había reservado para comer juntos los dos.
—¿Seguro estás bien?
—Sí.
—Te noto distante. ¿No te gusta el trato?
No contestó. Isabella se limitó apoyar la cabeza en la ventanilla. Parecía pensar en