Mundo ficciónIniciar sesión🔞 CONTENIDO ADULTO | OSCURO Y ADICTIVO 🔞 Emma Stanton creía que el padre de su hijo estaba muerto. Santiago Carrera creía que la mujer que amaba había elegido a sus enemigos. Por eso, él irrumpe en la vida de Emma en Estados Unidos y se lleva a su bebé a México, dejándola sin opciones. —Te casarás conmigo, güera, y cada día de este matrimonio será tu castigo. Santiago busca venganza; Emma busca libertad. Pero lo que ninguno de los dos sabe es que, en un mundo regido por balas, traiciones y cárteles, el odio que ambos dicen sentir comenzará a confundirse con una pasión que nunca se extinguió. Aun así, Santiago cometió un error: subestimó la sangre que corre por las venas de su esposa. Ella no es una víctima indefensa; es una Stanton, y está dispuesta a reducir a cenizas el imperio de los Carrera con tal de sacar a su hijo de ese mundo... incluso si para lograrlo debe incendiar su propio corazón, ese que únicamente late por el hombre que ahora la jura destruir. 🔥 Romance Oscuro 💔 De Enemigos a Amantes 👶 Bebé Secreto 💍 Matrimonio por Venganza 🌪️ Segunda Oportunidad 👑 Protagonista Fuerte 🇲🇽 Capo Mexicano Ultra Posesivo
Leer másC1-¡SE ROBARON A MI BEBÉ!
—¡Auxilio! ¡Por favor, ayúdenme! ¡Se acaban de robar a mi bebé!
El viento de la tarde arrastró la voz de Emma Stanton por el pequeño y exclusivo parque de Santa Mónica, pero no hubo respuesta. Ella giró a la izquierda y a la derecha con desesperación, sintiendo un vuelco gélido en el estómago que le cortó la respiración.
La carriola de diseñador gris, un lujo que denotaba la cómoda y pacífica vida que había construido en Los Ángeles durante esos meses de escape, seguía exactamente en el mismo lugar, junto a la acera limpia.
Pero estaba vacía.
La mantita de lana azul, esa que combinaba con los ojos de su hijo, yacía en el suelo, pisoteada por botas pesadas.
Antoni no estaba.
Su bebé de tan solo tres meses había desaparecido.
El monito de felpa azul se le resbaló de los dedos y cayó sobre el césped perfectamente podado. Por ese maldito juguete se había descuidado diez segundos. Diez segundos en los que apartó los ojos de la carriola para recogerlo, confiada en la supuesta seguridad de su vecindario de élite, y ahora su mundo se había desmoronado.
Corrió hacia la avenida principal, empujó a dos personas que caminaban despacio y se llevó las manos a la cabeza, perdiendo por completo la fachada gélida y analítica que siempre la caracterizaba como una Stanton.
—¡¿Ha visto a mi bebé?! ¡Estaba aquí hace un momento!
Nadie se movió.
Los transeúntes de la zona residencial la miraron con desconcierto, juzgando su histeria.
Emma, con el miedo congelándole la sangre, avanzó hacia una mujer que paseaba a un perro de raza y la tomó de los hombros con una fuerza que no sabía que poseía.
—¡Mi hijo! ¡Estaba en la carriola! Un bebé de tres meses... ¿Vio a alguien llevárselo? ¡Dígame que vio algo, por favor!
—No... no vi nada, lo siento —respondió la mujer, asustada por la intensidad de su mirada, dando un paso atrás para alejarse.
A Emma le faltó el aire.
Activando su instinto de supervivencia, corrió las seis cuadras que la separaban de la delegación de policía local. Abrió las puertas de cristal de golpe, sudando, temblando, con su costosa gabardina desarreglada y el rostro desfigurado por un llanto que se negaba a contener.
—¡Se robaron a mi bebé en el parque de la calle Catorce! —gritó, golpeando el mostrador con ambas manos—. ¡Tiene apenas tres meses! ¡Declaren una alerta Amber ahora mismo!
Un sargento la miró de arriba abajo, evaluando sus finas facciones y su ropa de marca, y la hizo pasar a una oficina pequeña del fondo. Ahí, un detective de chaqueta gris sacó un bloc de notas con una lentitud que a Emma le pareció criminal.
—Cálmese, señora. Deme su nombre y los datos del menor.
—Emma Stanton. Mi… mi hijo se llama Antoni —sollozó ella, apretando los puños sobre sus muslos para obligar a su mente a procesar el peligro en frío—. Estaba a mi espalda, me agaché un segundo a recoger un juguete y desapareció. ¡Tienen que revisar las cámaras de seguridad del perímetro ya! ¡Hagan algo!
El detective empezó a escribir el apellido Stanton, pero el teléfono de su escritorio sonó con un timbre estridente. El hombre le hizo una seña tosca para que se callara y atendió. Escuchó en absoluto silencio. A los pocos segundos, el oficial se puso completamente rígido, su postura relajada desapareció y miró el papel con el apellido de Emma con un brillo de puro temor en los ojos.
—Entendido. Sí, señor. Así se hará —murmuró el detective con la voz titubeante.
Colgó el teléfono despacio, cerró su bloc de notas de golpe y se cruzó de brazos, evitando mirarla a la cara.
—Lo siento, señora, pero no podemos tomar su denuncia en este momento.
—¡¿Qué?! —Emma se levantó de la silla como si le hubieran inyectado electricidad—. ¿De qué maldita sea está hablando? ¡Se acaban de llevar a mi hijo! ¡Es un recién nacido!
—No hay personal suficiente hoy y el protocolo exige esperar veinticuatro horas para catalogarlo como desaparición —mintió el hombre de forma descarada—. Regrese a su casa, tal vez el padre se lo llevó para darle una lección. ¿Están peleados? ¿No le deja verlo?
Emma se tensó por completo.
El dolor la golpeó directo en el pecho, asfixiándola. Tragó saliva y su fachada británica regresó como un escudo de hielo, clavó sus ojos claros en el oficial con una furia letal.
—Su… su padre está muerto.
El hombre asintió con una frialdad absoluta, sin inmutarse ante sus lágrimas.
—Bien, vaya a casa, señorita. Tomamos sus datos, si sabemos algo, la llamaremos. Pierda cuidado.
Emma no podía creerlo, no podía creer que se tomaran con tanta tranquilidad la desaparición de su hijo, así que exigió respuestas, pero solo obtuvo evasivas y frases hechas.
Nadie se levantó de su silla.
Nadie se movió.
La impotencia le quemó la garganta al ver que la ignoraban de forma descarada. Salió de la comisaría destrozada, arrastrando los pies por la acera con el miedo paralizándole el cuerpo.
Entonces, su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón.
Emma lo sacó rápido, la pantalla mostraba un número extraño, desconocido. Apretó el botón de aceptar y se pegó el aparato a la oreja con las manos temblorosas.
—¡Mi bebé! ¿Dónde está mi bebé? —exclamó, al borde de la histeria.
Al otro lado de la línea no se escuchó nada. Solo una respiración lenta, pesada y densa que llenó el auricular. Emma contuvo el aliento, esperando.
—Sigues siendo bien ruidosa, mi güera.
La voz masculina, ronca, arrastrada y con un marcado acento mexicano la golpeó con la fuerza de un impacto. Era una voz que jamás esperó volver a escuchar, la misma que creía enterrada bajo los escombros y el fuego de Londres.
El corazón de Emma se disparó, golpeándole las costillas con violencia.
—San... Santiago.
—El mismo, chula —soltó él, directo, tosco y sin un gramo de piedad—. Así que deja de dar lástima en esa pinche delegación de quinta. Muévete ya para tu departamento si quieres ver al chamaco. No me hagas esperar.
La línea se cortó.
C5 - ME ENCANTA CUANDO TE PONES CABRONAEl jet privado de los Carrera era obscenamente lujoso. Emma subió las escalerillas con la mandíbula apretada, negándose a mirar atrás.Negándose a darle a Santiago la satisfacción de verla dudar. Adentro, él se movía como si fuera el dueño del mundo.Porque lo era.Se sirvió un tequila en un vaso de cristal, el líquido ámbar brillando bajo las luces tenues. Se dejó caer en uno de los asientos de cuero y la miró por encima del borde del vaso.—Ponte cómoda, güera. —Tomó un trago largo—. Es un vuelo largo a casa.Emma se sentó lo más lejos posible de él, cruzando las piernas con elegancia estudiada.—Esa no es mi casa.Santiago la estudió en silencio durante varios segundos. La recorrió con la mirada de una forma que hizo que la piel de Emma se erizara y se le endurecieran los pezones, era como si pudiera ver a través de la ropa.—Lo será. —Santiago se pasó la lengua por el labio inferior—. Y más te vale que te vayas acostumbrando, chula, porque v
C4 - UN BEBÉ RUMBO A MÉXICOEmma tragó saliva.El orgullo le raspó la garganta como si fuera vidrio molido, pero se obligó a caminar con paso firme hacia el sofá de piel para sentarse. Aunque las piernas y las manos le temblaban de forma incontrolable, las ocultó apretándolas entre sus muslos.Levantó la barbilla con altanería y lo miró.—Habla —exigió con una voz gélida.Santiago permaneció de pie frente a ella, luciendo imponente, masivo y dominante bajo la luz anaranjada del atardecer. Se cruzó de brazos y la estudió en absoluto silencio durante varios segundos que se sintieron eternos, saboreando el control absoluto que tenía sobre la situación.—Es simple, güera —dijo finalmente, pasándose la punta de la lengua por el labio inferior con una lentitud descarada—. Te casas conmigo, o no vuelves a ver al chamaco en tu perra vida.Emma parpadeó, completamente descolocada por la audacia de sus palabras.—¿Qué?—Lo que oíste, chula.—Estás completamente loco.—Puede ser —respondió él, e
C3 - CONDICIONES—Me lo voy a quedar, chula. Y no hay poder en este pinche mundo que me lo quite, ni siquiera tú.Emma sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El aire se le atascó por completo en la garganta mientras las palabras de Santiago le rebotaban en el cerebro en un eco ensordecedor: «Me lo voy a quedar. Me lo voy a quedar».—No... —susurró, negando con la cabeza floja—. No, no, no...La voz se le quebró por completo y se llevó las manos al pecho, apretando la tela de su blusa, tratando inútilmente de contener el dolor que le desgarraba las costillas.—¡No puedes quitármelo! ¡Es mi bebé! ¡Lo llevé nueve meses en mi vientre! ¡Es mío!Santiago ni se inmutó; permaneció de pie con una calma gélida, mirándola como si ella fuera simplemente un problema de logística que acababa de resolver.—Ya lo decidí, güera, y no hay vuelta atrás.Algo se rompió definitivamente dentro de Emma en ese segundo, pero el dolor dio paso a una rabia volcánica. Ella jamás lo había dejado por voluntad
C2 - ¡ES MI HIJO!Emma corrió como si la vida se le fuera en ello. Las piernas le ardían y el aire le raspaba la garganta, pero no se detuvo. Subió las escaleras de su exclusivo edificio de dos en dos, tropezando de rodillas en el tercer piso contra el concreto. Se levantó de inmediato, ignorando el dolor punzante, y siguió adelante.Cuando por fin llegó a su puerta, la mano le temblaba tanto que tardó tres intentos frustrantes en encajar la llave en la cerradura.Al entrar, se quedó completamente paralizada.El aroma la golpeó antes de que sus ojos pudieran procesar la escena: tabaco, cuero y esa loción maderosa ridículamente cara que él solía usar.Era el aroma exacto de Santiago.El estómago se le contrajo con violencia y las rodillas le fallaron, obligándola a aferrarse al marco de la puerta para no desplomarse en el suelo.«No. No puede ser. Él está muerto. Lo vi. Vi el edificio explotar en Londres. Vi las llamas devorarlo todo», se repitió mentalmente, intentando aferrarse a la





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