Cuando la puerta del ático se cerró, el silencio se volvió ensordecedor. Isabella, Romano y yo habíamos lanzado la guerra. Ya no había vuelta atrás.
Alexey Romano miraba a su hijo con gesto duro. Mi hermano y mi padre se miraban con preocupación. Julia guardaba con cierto temblor su arma en el bolso. Mi madre y mi hermana me miraban buscando una explicación. El médico se encontraba incómodo, sin comprender cómo se había visto metido en una pelea familiar con tintes imperiales.
Caminé hacia la c