El despacho principal de la empresa se sentía como una celda de cristal suspendida sobre el skyline de la ciudad. Me quedé de pie frente al imponente escritorio de caoba, con los hombros tensos y la mirada fija en el hombre que, hace apenas unas noches, había sido mi refugio. Pero hoy no quedaba ni rastro de calidez. Frente a mí no estaba el hombre que me había escuchado en la oscuridad; estaba el Señor Santoro, el hombre cuya prioridad absoluta era la integridad de su firma.
A mi izquierda, Et